Ella recuerda que su padre, la embarcaba en un bus de transporte público con una arroba de harina de maíz tostado o de avena, para llevarla al ancianato.
El ancianato era el refugio geriátrico público, quedaba al otro extremo de la ciudad, donde ellos vivían, pero siempre era tan importante este gesto de generosidad, que las hermanas religiosas que atendían este Ancianato, esperaban el aporte mensual.
El Padre manifestaba que lo hacía porque quería que los ancianos tomaran mazamorra o avenita.
Bendita la generosidad, la tradición, el aporte de energía y el sentimiento de alegría por ayudar a causas necesitadas.